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English Translation Below

¿Es el arte el mejor lugar en donde poner los recuerdos?, sería, más precisamente, la pregunta que me asalta con el nuevo cuerpo de obra de Mariana Bunimov. Hay ante todo un lenguaje singular, si bien poco ortodoxo, continuación de una investigación sobre problemas tan reiterados en su trabajo como la pregunta por la forma que adquieren las cosas y las situaciones gracias a la tensión psicológica generada por el deseo y las fantasías. También nos encontramos de nuevo con la obsolescencia en estos ensamblajes construidos a partir de objetos que no son más que un índice de lo que fueron, desperdicios sobrevivientes en algún rincón de la casa ya plenamente disfuncionales, conectados a las distopías que tanto fascinan a la artista por medio de caricaturas de arquitectónicas fantásticas o simulaciones, entendiendo acá distopía, como la historia fallida de las utopías. De hecho, siendo esta exposición un memorial, un lugar para el encuentro de objetos obsoletos que sólo retenían de sí la única función de despertar recuerdos personales antes de tomar su forma escultórica actual, apunta irónicamente como conjunto “musealizado” a la vertiginosidad desmemoriada de la esencia utópica, que convierte una cosa heredada de una generación a otra, de madre a hija, por así decirlo, en monumentalización afectiva y objeto de estudio antropológico, lo que antes fue intercambio de emociones y sentimientos.

Digamos entonces, para convenirlo con la premura de la brevedad, que no hay duda, que estamos ante la misma artista de las unidades de habitación digeribles, fueran casa suburbana, rancho o 23 de enero. Es también la misma artista que utilizó las cajas vacías de lo que se consumía en su casa para construir una réplica del icónico castillo de la Cenicienta de Walt Diseny o de la que convidó al público asistente a la Bienal de La Habana del año pasado a degustar, literalmente, un modelo a escala de El Castillo de los Tres Reyes del Morro o (Fortaleza del Morro), hecho con caviar beluga.

Consistencia, como la que ejemplifica Bunimov en su práctica crítica, suele ser una palabra mágica cuando de desarrollo de lenguaje contemporáneo se trata, seguramente por su escasez, pero quiero volver sobre la pregunta más flagrante emplazada por este dispositivo archivológico mitad cocina mitad abandonada mitad edilicia fantástica: ¿Es el arte el mejor lugar en donde poner los recuerdos? No es este un tema menor. Ya en 1995 Andreas Huyssen en su “Twilight Memories: Marking Time in a Culture of Amnesia” (algo así como “Memorias Crepusculares: Marcando el tiempo en una cultura de la amnesia”), había caracterizado la obsesión artística de vuelta de siglo con el problema de la memoria como “una profundización de la sensación de crisis articulada frecuentemente en el reproche hacia una cultura terminalmente enferma con amnesia”. Que el mundo siga su paso mediático hacia una suerte de atemporalidad donde los tiempos colapsan y las distancias se achican hasta desaparecer, y que el arte lo acompañe con ese grado cero de historicidad o transhistoricidad, esa manía de colgarse más allá de la historia que tiene el arte, en este ámbito donde resulta irónico que las emociones o los sentimientos sean los instrumentos para darle forma a la materia, no es si no un signo más de que el timbre anacrónico de las acumulaciones de Bunimov tendrán mucho espacio crítico para su desarrollo por las generaciones venideras. Buenos y malos augurios, con memoria o sin ella, acá estamos los espectadores dejándonos fascinar por recuerdos ajenos para que estas reflexiones operen.

Jesús Fuenmayor
Caracas 2010

 

What to do with memories?

Is art the best place to put memories? It would be, more precisely, the question that assails me with the new body of work of Mariana Bunimov. Above all, there is a singular, if unorthodox, language, a continuation of an investigation into problems as repeated in her work as the question of the way things and situations acquire thanks to the psychological tension generated by desire and fantasies. We also find ourselves again with obsolescence in these assemblages constructed from objects that are no more than an index of what they were, surviving waste in some corner of the house that is already fully dysfunctional, connected to the dystopias that fascinate the artist so much by means of fantastic architectural caricatures or simulations, understood here as dystopia, as the failed history of utopias. In fact, this exhibition being a memorial, a place for the encounter of obsolete objects that only retained from themselves the only function of awakening personal memories before taking their current sculptural form, ironically points as a “musealized” ensemble to the dizzying memory of the utopian essence, which converts a thing inherited from one generation to another, from mother to daughter, so to speak, into an affective monumentalization and object of anthropological study, which was previously an exchange of emotions and feelings.

Let us say then, to agree with the haste of brevity, that there is no doubt, that we are before the same artist that made the digestible public housing units, whether they were a suburban house, a house from a shantytown or a Project building from “23 de Enero”. She is also the same artist who used the empty boxes of what was consumed in her house to build a replica of Walt Disney’s iconic Cinderella castle or the one who invited the public attending last year’s Havana Biennial to taste, literally, a scale model of El Castillo de los Tres Reyes del Morro (The Castle of the Three Kings of the Morro), made with beluga caviar.

Consistency, as exemplified by Bunimov in her critical practice, is usually a magic word when it comes to the development of contemporary language, surely due to its scarcity, but I want to return to the most flagrant question posed by this archival device: Is art the best place to put memories? This is not a minor subject. Already in 1995 Andreas Huyssen in his “Twilight Memories: Marking Time in a Culture of Amnesia” (something like “Crepuscular Memories: Marking Time in a Culture of Amnesia”), had characterized the artistic obsession of the turn of the century with the problem of memory as “a deepening of the feeling of crisis articulated frequently in the reproach towards a terminally ill culture with amnesia”. That the world follows its media path towards a sort of timelessness where times collapses and distances shrink until they disappear, and that art accompanies that with zero degree of historicity or transhistoricity, that mania of hanging beyond the history that art has, in this field where it is ironic that emotions or feelings are the instruments to give shape to matter, is not just another sign that the anachronistic timbre of Bunimov’s accumulations will have a lot of critical space for their development by future generations, but also that the anachronistic timbre of Bunimov’s accumulations will have a lot of critical space for their development by future generations. Good and bad omens, with or without memory, here we spectators are letting ourselves be fascinated by other people’s memories for these reflections to operate.

Jesus Fuenmayor
Caracas 2010